Y ahí estaba él. Llegó rápidamente, el viento le pegaba en el rostro y sus chinos se movían de un lado a otro. Ahí estaba yo, sonriente.
Lo conocí de una manera extraña, supe en ese momento que lo cuidaría por siempre.
Los meses pasaron y nuestra amistad incrementaba. Él venía muy seguido a mi casa pues nos gustaba mucho estar juntos.
Quiero pensar que él no sabía que desde que lo vi sentí una atracción hacia él.
Nos hicimos mejores amigos, él me llegó a conocer hasta en mis peores momentos y jamás me dejó sola.
Le contaba todo respecto a mi vida y él lo hacía conmigo, nuestra amistad superaba los límites hasta que llegó el momento y sin darnos cuenta nuestra amistad se había convertido en algo más.
Él tenía a alguien más y yo, sabiendo las consecuencias, decidí esperarlo pues mi atracción hacia él era demasiada. Era la persona que me tranquilizaba, con quien me sentía bien, la persona con la que no puedo estar mal por que simplemente la felicidad lo era él.
Una noche, el calor de nuestros cuerpos opuestos se atraían magnéticamente. Sus manos en mi cuerpo me hacían una invitación a hacer el amor sin quitarnos la ropa, sin acostarnos, sólo así, en sus abrazos, en sus miradas y su sonrisa.
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